Kitchen at A Christmas Story House

Gin for Christmas

Aunque suelo renegar por los rincones y clamar en voz alta contra las navidades y la babilónica corrupción que representan, tengo que admitir aquí, públicamente, que en el fondo me gusta. Me gusta especialmente levantarme el día 25, en medio del primer gran envite navideño: entre la pantagruélica cena de Nochebuena y la comida de Navidad, ese gran ejercicio de comer no ya sin ganas, sino a desgana, sólo superado una semana después.

Esa mañana de Navidad es para mí bastante alegre. No tengo que trabajar, varias mujeres de la familia (y algún varón, ocasionalmente) se afanan en la cocina y en la casa ancestral del clan hay movimiento. Es un poco como estar en el ojo del huracán, esa pequeña calma que, dicen, se produce en plena tormenta perfecta, si estás en todo el medio.

La familia de cada cual es la de cada cual…

Cuando vienes de Pascuas a Ramos se agradece esta extraña situación en la que, por un lado, te encuentras descontextualizado (“pero, ¿quién soy y qué hago aquí?”) y al mismo tiempo te sobra contexto por todas partes (“qué va a ser, Navidad, como todos los malditos años, y tú eres el imbécil que corta el turrón, así que arreando”). Sentimientos encontrados y un poco inquietantes; me encanta.

Las reuniones familiares son el mejor momento para beberse una copichuela, superar nuestros miedos y forjar nuestro carácter

Os traigo una canción (Lionel Hampton, 1939) que descubrí no hace mucho tiempo y me he puesto esta mañana. Aparte de que me ha venido a la mente por el nombre, encaja perfectamente con este extraño (pero anualmente reconocible) estado del espíritu que me embarga ahora mismo. No sé si os gusta el swing, pero creo que predispone positivamente a cualquiera a sentarse en una mesa atiborrada y aguantar murgas familiares sin chistar.

Hasta se puede llegar a verle la gracia al asunto (eso dicen algunos maestros del zen navideño, una variedad especial muy difícil de dominar) y a percibir con una cierta distancia, enternecido, una serie de dinámicas que al final ayudan a configurar la esencia de la familia; y la de cada cual es la de cada cual, al fin y al cabo.

Para que todo sea más fácil voy a terminar la comida, ya lo tengo pensado, con un gin tonic de lujo: una Martin Miller’s con Fever Tree, una avellana (no creo que flote) y unas bayas goji de esas; las tengo a mano y lo rojo es navideño, lo dice Coca-Cola. Si alguno más quiere, se lo preparo; una pacífica sobremesa para preparar el cuerpo y el alma para el siguiente asalto… En siete días, Nochevieja… Oh, no…

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